Dignidad. Aunque el mundo se derrumbe. Antes que la esperanza por un mundo mejor, lo último que puede perderse en la vida es la dignidad. No importa lo que haya sucedido, las personas que mueran en soledad o los tigres que haya escondidos debajo de la mesa. Lo que nunca debe perderse es la dignidad. Aunque no se tenga claro en qué consiste.

Tras la Segunda Guerra Mundial el mundo es irreconocible. Darlington Hall, una mansión inglesa de renombre, es adquirida por un joven rico norteamericano. Stevens, antiguo mayordomo de la residencia, quedará al cargo de la nueva organización y contratación del servicio. Ishiguro refleja así el momento histórico en el que el poder sobre el mundo cambió definitivamente.

Una nueva forma de ver y entender la realidad transformará al completo las relaciones sociales y la escala de valores por la que se rigen las personas. Stevens no comprende las ironías y las bromas de su nuevo señor americano. Ni siquiera concibe que sean necesarias para desempeñar con eficiencia su trabajo. El mundo se ha vuelto demasiado complicado para que él lo entienda.

Sin embargo, una suerte de inquietud se abrirá en el horizonte de Stevens al recibir una carta de Miss Kenton. En ella parece leerse la desesperación de una mujer que ruega por volver a formar parte del servicio de la casa. Para Miss Kenton la vida ha perdido cualquier sentido y lo único que le queda son los recuerdos del pasado como ama de llaves de la mansión. Será éste el pretexto utilizado por Stevens para emprender un breve viaje en su busca. Cada noche, el mayordomo se afanará por recopilar los recuerdos del día, los detalles de una jornada que se enlazan con fragmentos del pasado y construyen el presente.

Desde la visión de un hombre en la sombra, la obra de Ishiguro se hace eco de las ambiguas relaciones de la clase alta británica con los dirigentes nazis. A través de los comentarios y la vida social de los lores, se hace presente el calado que tuvo la ideología racial nazi sobre la clase alta de este país. Una clase social convencida de que el mundo se había vuelto demasiado complicado para que las decisiones fueran tomadas mediante sistemas democráticos.

Los restos del día es una obra que merece ser escuchada. Un relato sobre los convulsos comienzos del siglo XX narrado por un autor británico de origen japonés. Una persona en la orilla de los vencedores, del lado de las democracias, pero que no puede evitar ver a Estados Unidos como el país que utilizó la bomba atómica.

Desde esta perspectiva, la obra de Ishiguro está cargada de actualidad. Los debates en torno a la validez de la democracia, las políticas en la sombra que deciden los destinos del mundo, las visiones inconmensurables sobre la realidad que no alcanzan a entenderse. Un panorama conflictivo y sin solución definitiva al que enfrentarse con dignidad o sentido del humor.

Anuncios

“¿Dejar memoria o convocar olvido?” Ante esta duda se debaten los versos de Gato de Ursaria, un personaje apócrifo que duda de su propia identidad. A modo de diario sin fechas, este libro recoge la angustia personal y auténtica de alguien que se sabe ficción.

Incapaz de llegar siquiera a entenderla, Gato se siente abrumado por la agitación del mundo. No entiende la incesante actividad de sus vecinos, las metas que pretenden alcanzar, lo que persiguen con su manía “de cambiar todo de sitio sin descanso // objetos, esperanza, amor o ropa, // agitándose siempre, // nerviosos, // obstinados, // imparables”. ¿Qué pretenden olvidar con ello?

Por el contrario, nuestro diluido protagonista no pretende amueblar de manera ostentosa un cuarto que habita temporalmente. Su mundo se parece más a una pensión de ajustado alquiler en la que siempre se buscan excusas para aplazar el úiltmo pago. Una pensión en la que las mismas personas hacen fiesta y menú especial los domingos, se rien con las mismas bromas y se preparan desde principios de año para festejar la Nochevieja.

Oscurecido por esta soledad, Gato buscará refugiarse en sí mismo, hallar una identidad propia en arroyos y espejos. Un reflejo, por distorsionado que sea. Sin embargo, acostumbrarse a uno mismo resultará todavía más difícil que hacerlo al mundo. Detrás de su máscara terminará por descubrir que no hay nada más que el rostro de muchos otros.

Gato llegará así a comprender la vaciedad de todo. La falta de sentido de uno mismo y de la realidad. La inutilidad de nuestra insistencia por tener una identidad a la que calificar de auténtica. Así es como logrará finalmente su retiro del mundo y de sí mismo, alejarse tanto de la vida como de la muerte “para tomar distancia, // para ver la batalla entre las dos // sin importarnos quién pueda vencer”.

Enrique Gracia presenta de este modo un individuo fácilmente localizable en nuestro tiempo. Incapaz de identificarse con la sociedad tampoco encuentra consuelo en un retiro estoico del mundo. Sabe que se puede cambiar el mundo pero no sabe por dónde empezar. Y ante esta inactividad se va dejando llevar por los días participando de ellos a ratos.

A pesar de todo, Gato irá salpicando lluvias con las que hacer florecer este desierto. La amistad y la esperanza en lo imposible resultarán suficientes para crear una vida que merezca la pena ser vivida, un relato en el que al final no podremos sino “dejar la casa abandonada, el pan entero, // ese vago perfume del amor // y un poema sin fin sobre la mesa”.

Sin noticias de Gato de Ursaria remueve el fondo de nuestros hábitos. Hace que nos sintamos incómodos por sentirnos complacidos con lo que somos. Por eso no es un libro para autosuficientes. Cada poema se despliega como una reflexión acerca del tiempo y de lo que hacemos con él, de las personas que dejamos que nos rodeen y de esas tardes que se pierden entre nuestras manos húmedas. Si todo ha ido bien, con cada lectura que hagamos de este libro seremos un poco menos nosotros mismos.

Como hablar de Eurípides a un moribundo. Así es leer esta novela de Haruki Murakami. En una sociedad volcada sobre lo técnico y el frenesí, conviene detenerse un instante a recuperar el sentido de la vida expresado en esta obra.

Al comienzo de lo que debería ser la edad adulta, Watanabe se encuentra repentinamente solo. Es el comienzo de sus estudios universitarios y una etapa en la que nuevas experiencias comenzarán a mostrarle los más diversos modos de vida entre lo que podría elegir. El orden estricto, el egoísmo más absoluto, la crueldad hacia el diferente. Son todos estilos de vida que aparecen encarnados en diferentes personajes con lo que Watanabe entablará relaciones.

Apenas sin voluntad sobre su destino, Watanabe presenciará la manera en la que su propia vida comienza a desenvolverse. Arrastrado por lo que parece la necesidad de la situación, terminará por encontrarse ante una decisión trascendente: la manera en la que vivirá el amor. Naoko le ofrecerá la posibilidad de enamorarse de forma dolorosa y trágica únicamente bajo la promesa de que algún día se recuperará de su enfermedad. Midori representará un amor vivaz, exaltado, en el que muchas veces las cosas se hacen por puro absurdo.

La obra de Murakami nos presenta dos realidades con las que habitualmente convivimos. Por un lado nos muestra esa sociedad inalcanzable que nos promete que algún día nos otorgará absolutamente todo, la que nos exige obediencia y sacrificio a cambio de absolutamente nada. Por otro lado, estaría la vitalidad del momento, el disfrute del lugar y la situación en la que nos encontramos. Optar por una u otra posibilidad no será una simple cuestión de amor o de simpatía, sino que decidirá el modo en el que haremos nuestra propia vida al completo.

Sin embargo, lo que se mostrará relevante en la decisión de Watanabe serán todos aquellos factores que habitualmente se nos presentan como inútiles en nuestra sociedad actual. El pensamiento metafísico, el estudio del teatro clásico, la diferenciación entre distintos tipo de verbos… En ellos encontrará el protagonista el modo de comprender el mundo, de clasificar la realidad según sus propios intereses y edificar su propia vida. Porque Watanabe no verá en estas materias un aprendizaje material, sino algo gracias a lo cual comprender todo lo demás. No es lo que hacemos sino la base de lo que hacemos.

Asimismo, este aprecio por lo aparentemente inútil no sólo servirá a su propio provecho, sino que será lo que aporte consuelo a las últimas horas de un desahuciado. Una explicación sobre las características del teatro de Eurípides a un enfermo de cáncer paliará el sufrimiento de éste más que cualquier química. Mostrarle que la vida es una cuestión de decisión y no habrá dioses que vengan a encauzar la nuestra, puede significar un ínfimo gesto físico que conlleve un cambio de proporciones inabarcables. Porque posiblemente, no consista en sobrevivir a toda costa, en permanecer pese a los sufrimientos. La comprensión de la propia vida resulta ser algo más perentorio.

En mi opinión, Tokio Blues es una obra de imprescindible lectura. Un delicado arroyo que poco a poco irá transformándose en un torrente. Una narración en la que nos vemos involucrados desde el primer momento, envueltos por la música que acompaña gran parte de la obra y rodeados por la expresividad de sus paisajes. Un libro del que no habremos aprendido nada y gracias al cual comprenderemos muchas cosas.

A %d blogueros les gusta esto: