Que te apunten con una pistola significa cambiar de edad. Poco importa el tiempo para llegar a la madurez. A veces la edad entra por la ventana como un obús perdido que, afortunadamente, termina por no matar a nadie. Así irá creciendo Ángel González, enfermando de cuerpo y sanando de palabras, tendente a la melancolía y rebelde hasta el extremo de no importarle obedecer.

Mañana no será lo que Dios quiera cuenta la infancia y adolescencia del fallecido y reconocido poeta Ángel González. La historia de una persona descreída pese haber visto a Dios y estar siempre acompañado por un abuelo y un padre muertos de muerte imposible. Empecinado en las letras hasta en la guerra y capaz de dibujar sin ver a quienes se empeñaban en amargarle la vida, se esforzará por vivir en un mundo más auténtico que el real.

Con el tiempo, Ángel comprobará que la risa y el sufrimiento son cuestiones que se dan según las circunstancias. Que los materiales de un circo bien pueden servir para construir un campo de concentración y que los gatos se quedan poco tiempo en casa. O que quizá no importe estar enfermo si nuestra cama flota sobre un mar de libros. Como asegura el narrador de esta vida, a veces sobran datos en un argumento.

De esta forma aprenderá a dar sus pasos por el mundo. Como los peces sin memoria que pasan una y otra vez por el mismo sitio de la pecera, o como el pequeño niño que recorre la casa apoyado en lo muebles y cada vez es distinta. Puertas cerradas que marcan ausencias familiares o discusiones políticas de las que apenas se entienden palabras.

Así, a base de tiempo, guerras y estudio, Ángel se irá volviendo desconfiado. Perderá el reloj que su madre no había pagado todavía y aprenderá que el consejo de un profesor amigo aprueba más exámenes que cientos de horas de libros. A pesar de lo cual, nunca podrá estar seguro de no ser el siguiente que tenga que dar a una madre la noticia de que han matado a su hijo.

En Mañana no será lo que Dios quiera Luis García Montero recorre sin ritmo obligado la vida del poeta Ángel González. A veces deteniéndose en los ojos de un gato, a veces en el cañón de una pistola y otras dejando pasar los años como si volaran las hojas. De esta forma, nos cuenta cómo alguien llegó a ser Ángel González y que sus letras se juntaran de la forma en la que lo hicieron. Un paseo de media vida que se guarda entre las tapas de una carpeta azul.

“¿Dejar memoria o convocar olvido?” Ante esta duda se debaten los versos de Gato de Ursaria, un personaje apócrifo que duda de su propia identidad. A modo de diario sin fechas, este libro recoge la angustia personal y auténtica de alguien que se sabe ficción.

Incapaz de llegar siquiera a entenderla, Gato se siente abrumado por la agitación del mundo. No entiende la incesante actividad de sus vecinos, las metas que pretenden alcanzar, lo que persiguen con su manía “de cambiar todo de sitio sin descanso // objetos, esperanza, amor o ropa, // agitándose siempre, // nerviosos, // obstinados, // imparables”. ¿Qué pretenden olvidar con ello?

Por el contrario, nuestro diluido protagonista no pretende amueblar de manera ostentosa un cuarto que habita temporalmente. Su mundo se parece más a una pensión de ajustado alquiler en la que siempre se buscan excusas para aplazar el úiltmo pago. Una pensión en la que las mismas personas hacen fiesta y menú especial los domingos, se rien con las mismas bromas y se preparan desde principios de año para festejar la Nochevieja.

Oscurecido por esta soledad, Gato buscará refugiarse en sí mismo, hallar una identidad propia en arroyos y espejos. Un reflejo, por distorsionado que sea. Sin embargo, acostumbrarse a uno mismo resultará todavía más difícil que hacerlo al mundo. Detrás de su máscara terminará por descubrir que no hay nada más que el rostro de muchos otros.

Gato llegará así a comprender la vaciedad de todo. La falta de sentido de uno mismo y de la realidad. La inutilidad de nuestra insistencia por tener una identidad a la que calificar de auténtica. Así es como logrará finalmente su retiro del mundo y de sí mismo, alejarse tanto de la vida como de la muerte “para tomar distancia, // para ver la batalla entre las dos // sin importarnos quién pueda vencer”.

Enrique Gracia presenta de este modo un individuo fácilmente localizable en nuestro tiempo. Incapaz de identificarse con la sociedad tampoco encuentra consuelo en un retiro estoico del mundo. Sabe que se puede cambiar el mundo pero no sabe por dónde empezar. Y ante esta inactividad se va dejando llevar por los días participando de ellos a ratos.

A pesar de todo, Gato irá salpicando lluvias con las que hacer florecer este desierto. La amistad y la esperanza en lo imposible resultarán suficientes para crear una vida que merezca la pena ser vivida, un relato en el que al final no podremos sino “dejar la casa abandonada, el pan entero, // ese vago perfume del amor // y un poema sin fin sobre la mesa”.

Sin noticias de Gato de Ursaria remueve el fondo de nuestros hábitos. Hace que nos sintamos incómodos por sentirnos complacidos con lo que somos. Por eso no es un libro para autosuficientes. Cada poema se despliega como una reflexión acerca del tiempo y de lo que hacemos con él, de las personas que dejamos que nos rodeen y de esas tardes que se pierden entre nuestras manos húmedas. Si todo ha ido bien, con cada lectura que hagamos de este libro seremos un poco menos nosotros mismos.

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