portada-el-mundo-de-ayerAntes de nada, advertir que, si quisiéramos clasificar esta obra, sería difícil concretar si se trata de una biografía o de un libro de historia. Pues, aun cuando el subtitulo que Stefan Zweig eligió para este volumen fuera “memorias de un europeo”, bien podría haber sido “memoria de Europa”.

Efectivamente, la vida de Zweig es el reflejo de una Europa que pierde lentamente su optimismo y esperanza en la humanidad frente a las convulsiones de las guerras mundiales, que pasa de una infancia brillante y segura a una madurez grave y confusa en la que cualquier idea de progreso ha sido pervertida. Un mundo en el que saber si será posible encontrar un nuevo sentido para la humanidad y para la propia vida, o si el mensaje final del autor es una senda hacia el pesimismo o el optimismo, es algo que dependerá del propio carácter del lector y de la interpretación que haga de la última frase del libro.

Durante esta búsqueda, Zweig, movido tanto por su afán humanista e intelectual, como por la seguridad económica y material que siempre le proporcionó su familia, recorrerá el mundo codeándose con artistas e intelectuales, aprendiendo a expresarse en diferentes lenguas y a compatibilizar la tolerancia con la militancia en una idea: la hermandad pacífica de toda Europa y la humanidad al completo en lo que él consideraba como “la misión del poeta”.

A lo largo de su periplo, se desplazará sobre la línea de la historia, resaltando su figura o desvaneciéndose en los acontecimientos sociales, utilizándose a sí mismo como espejo de aquello en lo que el mundo se estaba transformando. Posiblemente, porque al vienés no le interesaba relatar únicamente los acontecimientos de una época ni los sucesos de su biografía, sino utilizar la propia vida como manifestación del espíritu de una época, como nexo de unión entre su tiempo y el nuestro. Que esta era su intención lo denota el hecho de que dejara escrito que es “mucho más fácil reconstruir los hechos de una época que su atmósfera espiritual. Esta no se encuentra sedimentada en los acontecimientos oficiales, sino más bien en pequeños episodios personales”.

Desde esta perspectiva, El mundo de ayer, directamente influido por la amistad y las teorías de Freud, puede leerse como una impresionante obra de psicoanálisis personal y social en la que el autor ahonda en las contradicciones de la Viena en la que nació, en sus traumas y en sus estratos morales, en el subconsciente colectivo, tratando de comprender cómo fue posible que el sentido de la existencia humana se fuera perdiendo paulatinamente a medida que avanzaba el nuevo siglo, buscando hallar una explicación para su pasado y una nueva forma de expresión para un futuro en el que “todas las formas de expresión de la existencia pugnaban por farolear de radicales y revolucionarias y desde luego, también el arte. La nueva pintura dio por liquidada toda la obra de Rembrandt, Holbein y Velázquez e inició los experimentos cubistas y surrealistas más extravagantes. En todo se proscribió el elemento inteligible: la melodía en la música, el parecido en el retrato, la comprensibilidad en la lengua”.

Asimismo, lejos de encasillarse como mero testimonio de una época, la obra de Zweig tiene también una lectura en clave actual, una interpretación en la que encontramos una situación política y social fruto de unas circunstancias, amenazas y dificultades similares a las que vivimos hoy en día. Una Europa que avanzaba desbocadamente en el aspecto técnico, cuyos ciudadanos vivían despreocupadamente, informados en todo momento por la radio y los periódicos, pero sin darse cuenta de que se precipitaban hacia el abismo de la guerra. Un mundo, en definitiva, en el que “de repente todos los estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás se sentían de igual manera; todos querían algo de los demás” presas de un idea de competencia y progreso ciegos. Un avance en el que, finalmente, se dejó atrás a la propia humanidad con el estallido de las guerras mundiales, en el que se crearon fronteras ante las crisis humanitarias subsiguientes y donde “antes el hombre sólo tenía cuerpo y alma. Ahora, además, necesita un pasaporte, de lo contrario no se lo trata como a un hombre”.

En conclusión, pese a su exilio final, su persecución y la prohibición de sus libros en su tierra natal, la obra de Zweig, humanista, pacifista, antibelicista, defensor del cosmopolitismo, de los derechos humanos y de la igualdad social como valores que guiaron su vida, es una lucha por mantenerse firme en sus ideales pese a los acontecimientos históricos, por hacer lo que Pessoa no tenía el valor de hacer en su Libro del desasosiego: abandonados los ídolos, depositar toda su esperanza en la humanidad. Sólo por eso tiene valor en sí misma.

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